LAS PASARELAS DEL VERO








SENDERISMO: PASARELAS DEL VERO




Había un tiempo donde no existía el tiempo y las estaciones las marcaban los almendros en flor, la suave brisa de la primavera, las hojas secas del otoño o las nieves del invierno.

Tan antiguo, que la noche escondía peligros desconocidos, y así los hombres, construían murallas con cuatro puertas de entrada, que cerraban al caer la tarde y así creían descansar un poco más tranquilos.

Es cuando el viajero que busca perderse en el tiempo, que ha vagado entre las fértiles vegas del Somontano, bajo sus sosegadas sombras, entre viñedos melodiosamente perfilados y a través de sus suaves colinas alcanza un mirador con un nombre curioso: la sonrisa del viento.

El viajero se pregunta ahora, contemplando, admirado, al igual que lo hiciera Pedro Saputo en su día, la perfección que lo rodea: ¿Habrá otro paraíso en la Tierra?

Inquietantes e inhóspitos barrancos, angostas gargantas, profundas huellas labradas durante siglos por las aguas de un río, convertidas en atractivas formas de la naturaleza, se exhiben ante su mirada escudriñadora.

Pero es cuando al levantar la vista, mimetizada entre la tierra y la roca, entre naranja y albero, intentando asomarse entre la bruma, el perfil de la Colegiata de Alquezar se dibuja armonioso. Al-Qásr, la fortaleza árabe.

A sus pies, un denso burgo, un laberíntico caserío medieval en forma de media luna, enmascarado bajo las tejas, florece a la sombra de la fortaleza musulmana. El pueblo se compone de callejuelas enrevesadas, pasos elevados, puertas góticas en forma de arco, casas rusticas, escudos de armas…que hacen evadir al paseante a otra época.

Cada rincón rezuma leyendas, de un pasado remoto, desde el Cielo de la Colegiata hasta el Infierno de los profundos barrancos, historias de princesas que estuvieron rehenes, cautivas de los reyes moros.

Ahora el viajero se dispone a ser, tal vez, osado. Se atreve a visitar el inframundo, las gargantas que en la sierra de Guara ha horadado pacientemente el río Vero.  Una intrincada red de pasarelas de madera o metal le encajona entre verticales paredes de roca, en cuya base crece, salvaje, la vegetación. Lo eleva sobre el agua, para que se deleite con sus chispeantes turquesas y lo introduce bajo tierra para que cuando emerja salude al sol cara a cara.     


Ya no le queda duda. Esta aquí. El último Paraíso en la Tierra.








































































































































































































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