PARAPENTE; VOLANDO EN ASTURIAS





El viernes 19 de abril pasado, a las 21,12 horas, el WhastApp del teléfono móvil situado al lado mío, sobre el sofá del salón de mi domicilio habitual, empezó a enviar mensajes.




En una concurrida reunión, cuatro de mis mejores amigos se encontraban asentados encima de sendas banquetas apoyados en la barra. En la otra mano, un botellín de Ambar, la cerveza fría y cristalina de la Zaragozana. Los restos del doble de botellas que el anciano camarero aún no había tenido tiempo de retirar se apilaban sobre el mostrador. El Bar Texas, situado en la típica zona llamada “El Tubo”, sigue igual que hace 50 años, con su misma decoración de antaño, su cartel blanco con las letras pegadas, y su estilo de bar de siempre.  Pero aquí hacen unas de las mejores “papas bravas” de Aragón, lechecillas, madejas o anchoas. Tras su barra dos cosas llaman la atención: una nevera de puertas de las de antes, del año 46, la primera eléctrica que se construyó y la infinidad de retratos de famosos con el dueño, de hecho, el bar, es imprescindible de Carlos Herrera, Juan Echanove e Imanol Arias cada vez que vienen a la ciudad.

No se si fue la espuma o las burbujas de la cervezas lo que empezó a nublar la mente de los colegas pero una imagen en la televisión fue lo que desencadeno la discusión.

Dos horas- decía el móvil. Es el tiempo que tienes para que se nos pase el efecto del alcohol. Coge la mochila y el Hilite rosa, y prepárate a para pasar el puente de San Jorge fuera. ¿Destino? Sobre la marcha conocerás los detalles.


A la mañana siguiente, la brisa del mar Cantábrico soplaba sobre mi cara y el instrumento que sostenía en mi mano marcaba un número mágico, 17. El sol, a las 10 de la mañana se mostraba un poco tímido. Los cinco mirábamos en silencio como la espuma cabalgaba sobre las olas que mansamente se arrimaban a la orilla. A nuestros pies, una empinada ladera cubierta de musgo y helechos, caía en suave desnivel pasados unos metros hasta alcanzar la dorada arena. A nuestra izquierda, sin embargo, unas antenas de telefonía afeaban el paisaje. El ruido incesante de las gaviotas que volaban en distancias extremadamente cortas se debilitaba de forma notable a medida que la bandada se alejaba en busca de comida.

Ensimismados, absortos y atónitos. Así es como nos encontrábamos contemplando la belleza que se asentaba a nuestros pies.



Con forma de concha, extendida sobre un kilómetro de arena blanca y rodeada por una verde ladera, la cala de Torimbia en el municipio de Niembro, en la costa de Llanes es una de las playas de mayor belleza de todo el litoral asturiano e hispánico. En sus márgenes tiene varios islotes que la confieren un aspecto más salvaje, y su marea modifica el aspecto de la concha.

El numero 17 del anemómetro se mantenía estable en mi mano, ni un soplo más fuerte ni uno más débil parecía modificarlo. Este es un número ideal para mantener nuestra tela sobre el aire de la ladera y permanecer cual gaviota, inmóvil, ingrávido y etéreo sobre las mansas olas que acarician la dorada playa.




Decidimos extender las telas de nuestros parapentes sobre la alfombra de hierba verde junto al inicio de la ladera, tensamos las cuerdas y fácilmente se elevó, sin hacer ningún extraño. Dos pasos y ya estábamos en el aire, con una gran fuerza ascendente. Dos giros para comprobar la estabilidad y las cuerdas y sin darnos cuenta nos encontramos un centenar de metros por encima de nuestra salida.




El aire queda atrapado de un lado a otro de la montaña siempre de frente y de la misma intensidad lo cual nos permite jugar o sosegarlo o incluso detenerlo.




La mañana pasaba deprisa extasiado entre tanta belleza y decido conducirlo adentrándome sobre el profundo mar, antes decido alcanzar toda la altura posible y bajo mis pies los coches se antojan de juguete y las personas apenas un punto a su lado. Que gozada debajo de mí apenas un azul intenso y sobre mi otro azul penetrante hasta donde alcanza la vista.



El estomago me avisa con un pequeño hormigueo, tengo hambre. Decido girar para acometer el descenso y aterrizaje. La montaña y la playa se muestran ante mí impresionantes. Para llegar a la arena desde el aparcamiento superior que apenas caben 10 coches, hay un sendero que hay que realizar andando, de fácil acceso como de un kilómetro de longitud, esta dificultad de acceso es, quizá, lo que ha permitido que se encuentre tan bien conservada.



Bajo la cubierta de la tela la sombra se va acercando y las personas no se asuntan al verme, sin embargo algo parece descomponer el paraje, algo que no intuyo a percibir pero no puedo prestar atención ya que tengo que permanecer atento al aterrizaje. Un par de chicas juegan a las palas, otras parejas toman los primeros rayos de sol de esta lluviosa primavera, algunos pasean mojando sus pies en las todavía frías aguas.

El planeo es perfecto y llego a tocar tierra sin complicaciones y cuando empiezo a recoger el paño es cuando caigo en cuenta: ¡están todos desnudos! ¿Dónde me he metido? Tapado hasta las orejas, con casco incluso. Pero esto es ¡Una playa nudista! Juan Carlos llega detrás de mí y veo sus ojos abiertos como platos sin salir de su asombro. Los que sentimos vergüenza somos nosotros por estar tapados. Menudo espectáculo estamos dando.

Mis otros compañeros llegan descendiendo por la senda riéndose a mandíbula abierta. Nos han tendido una emboscada, maravillosa por cierto. Pero serán Cabrones….



La playa de Torimbia es una de las visiones más sorprendentes y extraordinarias que he tenido. Desde el aire se ve la inmensidad del Cantábrico y la playa tan admirable y perfecta como nunca hubiese imaginado. Te sientes tan pequeñito ahí arriba… y tan feliz.

Es un lugar para perderse da igual tu condición de bañista, nudista o no, no ponen problemas. Para olvidarse de lo cotidiano, solo el sonido del mar, los pájaros y pasear por la playa, bella hasta la extenuación, exenta de
masificación


Y al atardecer, mirando al ocaso, junto a un pequeño manantial que nace de una roca una puesta de sol irrepetible.




El Coronel.

2 comentarios:

  1. No sé por qué, tras meses sin mirar este blog, se me a ocurrido entrar hoy. Me ha llamado la atención un parapente... ¿no lo dejasteis por prescripción facultativa? y al leerlo... veo que olvidas reseñar algo... ¿que nos esperaba a la salida de tan inexpugnable playa...?
    Por cierto, feliz año nuevo y eso...



    Ah... soy Juan Carlos

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    1. A lo mejor tu me refrescas la memoria, jejeje.
      Tengo ganas de hacer algo contigo. Y no pienses mal. Unas cervecitas????

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